El sagrado deseo y el vacío del consentimiento no deseado
¡LA ENERGÍA SEXUAL ES PROFUNDAMENTE SAGRADA!
¡DE VERDAD DESEO QUE MÁS PERSONAS LO ENTENDIERAN!
El sexo, en su nivel más bajo, no es más que pura animalidad.
En su nivel más bajo, no es más que un impulso biológico, una mera satisfacción de deseos carnales inferiores.
El sexo, en su nivel más alto, es oración y meditación.
En su nivel más alto, es comunión con Dios y la Diosa. En su nivel más alto, es el encuentro del alma universal. En su nivel más alto, es disolverse en el océano de lo infinito. Es la comunión de dos almas, la comunión con la energía creadora que habita en el centro de las mujeres, el acceso más directo y carnal con la divinidad que se aloja en lo profundo del cervix y más allá, en la delicada interconexión eléctrica y vibracional de lo sagrado e incomprendido.
En su nivel más alto, el sexo deja de ser simplemente sexo.
Es la unión profunda de dos individuos que fusionan sus energías en un movimiento divino y vibran en la misma frecuencia. Es un acercamiento a la Diosa, es tocar el alma y transferir un puente cuya comunicación puede trascender hasta por 7 años.
En su nivel más alto, el sexo es encontrar y sostener la misma sintonía entre dos personas, porque es la unión de polaridades opuestas que forman un circuito completo.
En su nivel más alto, el sexo es la unión extática del Dios y la Diosa dentro del Ser, en ambos. Es un intercambio sagrado de energías magnéticas y energéticas.
Que todos aprendan a honrarlo y a mantenerlo sagrado para su persona amada. Que no se use como vasija vacía.
Sé consciente de con quién compartes tu energía.
Cuando un hombre entra en tu vientre, ¿qué tipo de energía y conciencia posee?
¿Está resentido?, ¿es feliz?, ¿se ama a sí mismo?, ¿te ama a ti?, ¿piensa en positivo o en negativo?
Cuando una mujer hace el amor contigo, ¿te está bendiciendo o maldiciendo?
¿Está resentida?, ¿es feliz?, ¿se ama a sí misma?, ¿te ama a ti?, ¿piensa en positivo o en negativo?
El sexo es un ritual de intercambio de ADN, energías, pensamientos, emociones y espíritus. Durante el acto sexual, te conviertes en una esponja espiritual para la conciencia y la energía de la otra persona.
Cada movimiento y cada embestida es una afirmación.
¿Están drenando tu fuerza vital y tu energía, o están recargando, sanando y revitalizando tu espíritu?
¿Te conducen hacia la insatisfacción, la energía de baja frecuencia, la negatividad, la depresión y la destrucción, o te elevan hacia una frecuencia más alta de amor, vida y plenitud?
Sé consciente del VERDADERO PODER DEL SEXO.
Sé consciente y domina la forma en que tu energía sexual es intercambiada, recibida y devuelta a ti. Hace un par de años escribí sobre la alquimia sexual, sobre el poder de María para sanar y dar poder de Isis a Jesús mediante el sexo.
El sexo debería ser una medicina sanadora, poderosa y rejuvenecedora para cada parte de tu ser…
Desde el nivel celular, hasta tus órganos, tu estado mental, tu espíritu y tu alma.
ESE ES EL VERDADERO PODER DEL SEXO.
Por eso es tan rabioso y desagradable aquello que te rompe la armonía cuando lo haces sin querer hacerlo en realidad.
Hay un punto entre desear y consentir. Desear como aquello que se anhela, algo que se quiere hacer, eso que tiene detrás una voluntad y unas ganas, desear de la palabra deseo, de eso que se quiere hacer realidad, algo que uno quiere hacer que pase y que cuando involucra a alguien más implica la rara y linda excepción de dos personas deseando lo mismo, con esa energía que eriza la piel a la distancia tan solo por pensarlo. Pero el consentimiento tiene más bien que ver con permitir, con aceptar algo. No necesariamente algo deseado, tal vez, algo que se acepta inmersas en la indecisión.
Llevo meses intentando sanar un encuentro consentido pero no deseado. Alguien en quien confiaba, que tenía mi cariño y alguien frente a quién por años me sentí como el mosquito más tonto de la manada, ese de la canción que "yo sigo aunque su luz me lleve a morir". El problema es que el deseo se transforma y eso que hace años deseaba, tenerlo dentro de mí, había sido desplazado por sentimientos de profundo cariño y respeto pero sin ganas de un encuentro sexual. Le miraba con anhelo y lo que me hubiese pedido hacer, lo habría hecho. Pero mi corazón y cuerpo conocieron otro amor, un alma que se entrelaza con la mía y habita todo mi cuerpo y mi pensamiento.
Un alma que quiero cuidar.
El problema es que aquel viejo amigo revivió nuestros impulsos antiguos como una herramienta para el despecho. Convirtió mi cuerpo en objeto con el que se cumplen revanchas y una noche, con pretexto de alcohol, rompió mis límites y fue al fondo de mi ser aún sabiendo que yo nunca he sabido decirle que no. Lo que me ha pedido, lo he hecho aunque ello me implicara ponerle pausa a mi paz. Pero nunca había ido tan lejos. Llévabamos años sin expresarnos en tono de deseo, sin decirnos "te amo", sin desvelarnos hasta la madrugada hablando de nuestros profundos miedos y de curiosidades. Admito que unos 4 años antes, solo de imaginarlo cerca o pensar en sus manos podía sentir cosquilleos, piel eriza, deseo punzante y todo tipo de urgencia que nunca fue satisfecha. Aquella noche hace años me habría hecho la más feliz.
Sentía encuentros espirituales al dormir, soñaba que me hacía diez mil cosas y en todas las conversaciones podía disfrutar la ternura con una violencia sutil con la que a veces me decía "putita". Realmente, era como una fantasía. Un almanaque de cosas que nunca haríamos por las complicadas circunstancias que nos impedían llegar a más. En aquel momento, él tenía una pareja y yo recién había terminado con una relación tormentosa.
Pero los años le hicieron afianzar su vínculo, convertirme en amiga de su compañera de vida y a mi, los años me permitieron encontrar alguien que me ha sanado toda, con quien entrelacé mis espirales espirituales, alguien que me hace sentir que no necesito nada más. Alguien con quien me nace ser fiel. Y es que la fidelidad es un tema químico, hormonal y de bienestar. He sentido cada célula de mi cuerpo rendida al amor de quien amo y deseando a esa persona que amo en cada día y cada noche. Sin ganas y sin intenciones de nada más con nadie más. Por eso aquella noche dolió tanto. "Me callo porque es más cómodo engañarse, me callo porque ha ganado la razón al corazón, pero pase lo que pase, aunque otro me acompañe, en silencio te querré..."
Yo no quería. No quería hacerlo, no quería besos, no quería sexo. No quería montar, no quería chupar, no quería sentir un falo distinto entrando en mi mientras afuera llovía, con olor a jägger y sensación de culpa. Con la incomodidad de amar a mi viejo amigo y recordar mis viejos deseos pero sentir que en el fondo, no quería. No ese día. No en el momento que me encontraba amando a alguien más. Habría preferido ser fiel y tal vez, era tanta la culpa, que en vez de disfrutar, mi cuerpo y mi cerebro y cada célula de mi subconsciente eligió sentir dolor y ardor. Entonces sentí resentimiento, rechazo, desprecio... traición. Como entregar una llave sagrada con la confianza de que será bien usada y de pronto, sentir que el sagrado espacio es abierto y vulnerado, sin poder decir algo porque yo misma entregué esa llave.
Desde entonces, la mente se hace un huracán que me envía recuerdos y miles de mensajes. Si es que me lo merecía como sanción a mis coqueteos por años hacia alguien en su situación. Como en aquella película, la de Anna Bolena y la otra reina cuando por tanto provocar, el rey toma a la hermana de su recién parida esposa con violencia. Si es que mi nuevo amor lo merecía porque la rivalidad secreta de ambos es su némesis. Si en realidad fui instrumento para sanar al viejo amigo que en semanas previas, había encontrado a su compañera disfrutando con otro. Si solo fui y soy eso, un recurso, un objeto.
Y casi cada noche, antes de dormir, lo pienso. Y quiero gritarlo y reclamarle y olvidarlo y nunca decirlo. Y le escribo y lo bloqueo y siento rabia de ver mensajes que me hace llegar mediante otras personas, las bloqueo también. Cambié mi número como se cambia de vida, quise dejar todo en el pasado. Desearía reclamarle pero no quiero verlo y hablar con él pero no quiero hablar con él. Y me avergüenza, me provoca rechazo contra mi misma. Y lo busco, y quiero desbloquearlo y decir todo lo que pienso y me arrepiento, y vuelven las ideas y la sensación de que hablar de lo que pasa me hará más vulnerable. Y el jura que le busco o escribo porque estoy ebria pero no lo estoy, solo siento demasiado. La última vez, me dijo que tenía un problema con el alhohol y cómo no lo voy a tener si solo quisiera poder olvidar y no sentir esto. Siento que no puedo entenderlo ni reducirlo a un impulso de aquel día que el estaba ebrio y yo no tanto, que el estaba dolido y yo estaba estable pero el necesitada descargar su dolor mancillando mi cuerpo, como si en aquella descarga él se despojaba del rencor mientras me lo echaba todo a mi.
Tal vez funcionó. Ahora siento oleadas rabiosas y salvajes llenas de rencor y ganas de decir lo que esos 30 minutos me dañaron. Pero a la vez, siento que hablar sería ser malagradecida con las manos que me cuidaron y me protegieron en uno de mis momentos más vulnerables. Me hace sentir mal agradecida porque tal vez, él estaba en un momento vulnerable y no supe hacer de mi vagina un lugar protector y seguro para que se confortara.
Creo que ni siquiera se trataba de mi, ni de ser su refugio, solo se trataba de usarme como arma de venganza, como instrumento que igualara la traición que había sufrido. No me lo hizo por desearme tampoco, me lo hizo para sentir que eso equilibraba su relación frente a quien amaba.
Y en realidad, nunca quise ocupar ese lugar. Nunca pretendí pasar de amiga enamorada a novia ni obtener un espacio cotidiano como mujer que está con un hombre. Yo estaba bien con lo que tenía. Ser una buena amiga, una a la que protegía, un amor chiquito y secreto, imposible, eterno, casi inalcanzable, ese lugar me gustaba.
Hoy siento que soy demnificada, desperdicio, objeto desechable, desechado y me autocompongo para decirme que sigo siendo templo de quien amo, templo de mi propia Diosa, alquimista del desencanto. Que adentro de mi soy sagrada y puente con la divinidad. Sobreviviente de quienes usan, adicta a la reinvención. Ser deseado y deseante, no objeto, alguien que podrá curarse de esto que hoy me sigue dando insomnio y dolor frente al hombre que amo. Habría querido tener un buen amigo por siempre, como lo había prometido. Que pensar en el fuera fantasía, que pudiera decirle que tengo miedo, que hubiera estado ahí, que nunca hubiera entrado en mi auto, movido mis panties y penetrado con todo y ropa... llenándome de eso y también de culpa. Como si mi canal sagrado fuese depósito de su basura y mi propia historia o la nuestra no hubiera merecido un capítulo por razones de atracción y no de despecho. Y me duele.


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