Ojos de venadito

El misterio del lobo nunca ha sido tan oscuro como cuando la presa, viva y crecida, se atreve a mirar en el fondo de esos ojos como una predadora. Recuerdo la barba de Luis F. Contrastante geográficamente con sus moños impecables, rojos o azules o verdes, como un semáforo en el lenguaje oculto de los amantes de lo oculto también. El camino del blanco siendo un engaño de mesura frente a chalecos juveniles, elegantes como el uniforme de un viejo lobo joven refinado, amante del rock, de las motos, con la espiritualidad vida y el corazón contraído, con la habilidad de lobo para mirar dentro de otros predadores mientras el abismo alcanza a mirar dentro de sus ojos.

Sentada frente a el. Con los ojos de venadito que después adornaron cada rincón de su cuerpo. Aquella materia era fascinante. Detrás de sus complejas definiciones sobre legalidad, siempre había un anhelo de justicia. Abogado cercano a su últimos treintas, con esa fiereza de los lobos cuando se hacen sabios. Yo tenía 19 tal vez. Ahora, en su ocaso, el lobo tiene la piel gruesa. Ha sido herido pero nunca vencido. Imagino su barba un poco cana, siempre magro y saludable, su dieta de salmón seguro le hace ver joven. Amaba dominarme a mezcales y vino. Yo lo devoraba. Era tan curiosa que el primer día que salí con él apenas y podía creerlo... todas lo deseabamos. Mi generación le había puesto un apodo a ese olor amaderado, a su amor por las motocicletas, a su rectitud y exigencia.

El precio a pagar por los buenos recuerdos es la nostalgia del abismo que nos dejó en lados opuestos. El costo de idealizar es que el tiempo y las circunstancias no dan permiso a que la admiración quede intacta. Extrañar pero no querer ver. Curiosear sin comer. Mirar la carta sin pedir. A las hermosas memorias les viene una cuota de olvido. Recuerdo que sus manos eran frías y algunos fragmentos de su voz están grabados en mi mente pero su vulnerabilidad se ha borrado de mi memoria. No puedo recordar los detalles de esos momentos en que el cuarto era la respuesta más obvia a cualquier pregunta. No recuerdo los lugares, solo lo recuerdo a él como el gran lugar. Donde fuese, pero con él. Recuerdo que nuestras ideas sobre moralidad eran relativas, sobre religión eran ocultistas, sobre los entornos conservadores en que existimos eran paradójicos, siempre ácidos, siempre controversiales.

Mantengo adentro de mi algo de esa bambi. Desearía un último mezcal antes de que la vida pase. Pero aún si no sucede, en mi memoria somos eternos. Ese lugar secreto permanentemnte habitado por el recuerdo es y será nuestro lugar más seguro, ahí donde no cambiamos, ahí donde el lobo más fuerte de la manada me percibe como María Félix, donde mi esencia va fluctuando de venadito a pantera. Donde el amor se hace tiempo diluido y la piel disfruta. Donde nos valía el tiempo, la pena, el cuerpo.

Cuando el viento es demasiado fuerte, me siento asustada.Soy la brisa de lo que fue huracán y el era viento rebelde ansioso de ser agitado por mi auténtica locura. Demasiado coqueta para la prudencia y demasiado prudente para la vulgaridad. Mordía sus labios, me dejaba morder. Si pudiera reconstruir la cartografía de su misterio, diría que su cuello era Berlín, su mente vivía en Marte, sus anhelos habitaban un paraíso inexistente donde la justicia no era humana, un lugar con ríos de mercurio hirviendo en el que caían los transgresores sin importar que fueran de oro o de hierro. En su corazón, un jardín caluroso. Su memoria en Seattle, siempre lloviendo. Su mirada, honesta y deseosa... su sonrisa y el humor más ardiente, el menos correcto, el más improvable, en las montañas pirineas. Su voracidad en un bosque, siempre alerta, siempre listo para atacar pero siempre tan leal. No recuerdo demasiado, pues las mejores experiencias tienen algo particular: el cerebro tan sólo congela esos pequeños detalles. El mío borra y reescribe y sueña hasta que al final, no puede distinguir entre lo que realmente pasó o lo que todo el tiempo anhelé. Ni siquiera me atrevería a afirmar que nos tuvimos realmente. Tal vez todo fue un sueño. Tal vez sigo en clase, escuchando su aproxinación sobre Luigi Ferrajoli mientras imagino que le quito la pañoleta y me hundo en sus colmillos. Tal vez, realmente fui un venadito que se dejó atrapar o tal vez, ahora que soy también cazadora, he perdido el encanto. Ya no hay presa que perseguir, solo rodar y seguir.

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