Hijas de lo indecible

Sanar no es lineal sino relacional. No es que los otros te sanen, es que a través de relacionarte con los otros, mirarlos como tu espejo, entender sus dolores y sentir sus traumas, emociones o complejos es que comienzas a poder sanar los tuyos porque entonces los ubicas mejor, miras que tal vez si era para tanto o tal vez era para menos, pues no hay una métrica exacta que pueda calcular las emociones... el dolor o la pena y la tristeza como para calificarlo de proporcional o desproporcional a lo sucedido o a lo interpretado. Los hechos casi nunca son lo que son sino lo que sentimos que fueron, lo que recordamos que nos hizo sentir.

Tampoco existe aquello de sentir demasiado o sentir muy poco, o no sentir, o ser insensible pues básicamente, todos los humanos sienten, inclusive aquellos que tienen alguna extraña configuración cerebral en la química hormonal que les permite no expresar o manifestar remordimientos. Si es que animales sienten, resulta arrogante pensar que los humanos no. Creo que ahí está la clave, en que medimos y calculamos estándares emocionales a partir de lo expresado y lo que se expresa no siempre es correlativo a lo que se siente.

Podemos sentir que se siente intenso. Los huracanes emocionales, las tormentas internas, los tsunamis de tristeza pueden existir aún sin lágrimas o sin dramas escritos que pudieron ser una pieza memorable de la literatura o la música o el arte. Probablemente, sienten más quienes no lo dicen, esos a los que los lagrimales les han bloqueado la sensible oportunidad de llorar. Lo creo porque las expresiones emocionales tienen la función biológica de brindar alivio y paradójicamente, provocar que se detonen en el cerebro la secreción de hormonas del placer mediante el consuelo. Se llora como desahogo y el circuito invita al bienestar del alivio, entonces no es que llorar sea placentero pero llorar si ha servido para dar un consuelo natural al que se siente devastado. No todas las personas pueden llorar, a veces, es un bloqueo y otras más románticas dicen que han llorado todas las lágrimas que les correspondía por cuota por lo que ahora no sale ni una más. Pero los que no pueden expresarlo en el cuerpo, sufren en silencio.

Me gusta conocer a personas melancólicas. Esas que tienen la mirada profunda de la rara tristeza pero que siguen siendo algo optimistas o curiosas y viviendo en la atención plena del momento. Esos que hacen lo mejor en el día con día. Viven la vida, hacen lo cotidiano. Salen, miran el sol, toman buen vino o eligen una simple Coca-cola y pueden sostener conversaciones sobre lo mundano sin profundizar demasiado en la ausencia del sentido de existir. Saben que no tiene sentido pero igualmente valoran el rato de la experiencia compartida, aunque se agoten socialmente, aunque ya se quieran ir a casa, aunque por dentro les consuma el fuego ambivalente de las ansiedades que le dicen que debe salir y socializar pero que al salir, le dicen que debe volver y descansar. Siempre recordando lo indecible. Lo que no pueden o no quieren contar porque simplemente, explicar el contexto de aquellos sentimientos suena agotador. Entonces, les es cómodo guardarse esa tristecita en el brillo del ojo que se ve aún más hondo por lo que calla… como si las almas cargadas lograran un efecto misterioso en las miradas que justamente se vuelven como dagas sin querer.Tal vez hasta lo valoran más... esas máquinas adictas a la creación de recuerdos, que guardan en el corazón la flor que nunca dieron y en el recuerdo ese anhelo de la que nunca volvió.

Esas personas miran, pero miran hondo. No quieren incomodar con la mirada y de hecho, quisieran pasar desapercibidas, pero la mirada filosa impide que lo hagan. Quien la recibe, la siente. No es explicable, pero son miradas que invitan a saber qué hay detrás de ese brillo triste. No son personas que lloren, son personas que miran. Todo lo miran, como si por los ojos alimentaran a esa alma melancólica que siempre está hambrienta. Busca en los rincones algo que evoque los efluvios de lo perdido y si es que por rara suerte o casualidad lo encuentran, emanan olores de flores. Florecen real y figuradamente del dolor o la alegría o el recuerdo o todo lo que evoca eso que por fin les dio una llave para desbloquear el barco que navega por la memoria hacia el momento o el olor que nunca volverá. La melancólica ama tanto que puede sentir desprecio y dolor al mismo tiempo que la mirada se le ilumina como el milagro de recordar lo amado que se creía perdido, pues recordar se siente como vivirlo y esa caricia leve de un segundo será lo más cercano que podrá estar de nuevo del amado perdido. Y lo vale. Por eso la mirada melancólica es curiosa como la del gato. No sabe lo que busca, pero cuando lo encuentra, sabe perfectamente el dolor que le evoca. La melancólica también evita volver a tener cerca a quien motiva los recuerdos y la melancolía... sabe bien que la versión que se extraña de aquella persona es la primera en morir cuando un vínculo muere. Su nueva versión con su nueva edad, sus nuevas experiencias y sus nuevos años ya son un planeta con un mundo contextual para el que no tenemos invitación. El viejo lugar de la melancolía tampoco existe más. Solo existe la dicha y el alivio del aquí, del ahora, del recuerdo de que pasó y la historia es tan poderosa mientras viva en la memoria, el recuerdo es su arma arraigada a la entraña que hace a la melancólica una persona frágil para compartir. Si le das un minuto o tu vida entera, la melancólica encontrará una cajita apropiada en el gran armario de la memoria para guardarte por siempre. Devastador y realmente, hermoso. Ahí, en lo que no se dice, es donde viven ellas... las melancólicas, las hijas de lo indecible que sonríen para no darle a la gente de qué hablar.

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