Me aterra leer tus cartas del pasado

Quiero agradecerte por haberme dejado de escribir. Me atormentan los recuerdos y me tortura volver a las escenas mentales que me hicieron amarte. Es como si la chispa de la sonrisa auténtica se hubiera quedado ahí, encendida, consumida y apagada Intentando sanarme de ti casi me muero. 




Lo intento diario, lo intento buscando reemplazos, lo intento alejándome de lugares, lo intento con todo y no lo hallo. Entre más distancia mental, física y conceptual coloco, con mayor claridad me asaltan los recuerdos y me matan. Todo me duele. Como si hubiera sido la semana anterior. 

Y ni siquiera lo puedo nombrar. Solo me atormenta. No sé nombrar lo que más me duele de nuestra historia fallida... de dos tontos inteligentes enamorados debatientes, odiadores profesionales, artilleros de las armas más letales. Cabezas de los ejércitos morales más feroces.

Quisiera pactar una tregua. No contigo sino con tu recuerdo. Poder sanar, olvidar. Seguir. Vivir las experiencias de mi vida sin que me asalte tu imagen en los sueños, literalmente. 

Hace un par de semanas soñé que habíamos tenido una oficina rústica y grande. De nuevo, estábamos ante nuestra ruptura pero esta vez, la mudanza fue más organizada, menos efusiva y más amigable. No había impulsividad, el lugar estaba vacío y en los arcos interiores de maderas con vigas a la vista enmarcaba un pequeño y viejo rincón con sillas y tal vez un escritorio viejo. Me decías que en una hora debíamos entregar el espacio. Tal vez, habíamos vivido ahí pero en realidad creo que fue una oficina compartida. 

Yo quería entrar al baño, no estaba de malas. De hecho, había sentido una emoción por verte. Parece que en el sueño, igualmente hubo una separación previa que pudo ser efusiva, breve y nada reflexiva. Al llegar a la oficina, yo no esperaba verte ahí, pero ahí estabas. Esa sorpresa me provocaba adrenalina y algo. La puerta del baño se atoraba, la madera se había mojado e hinchado. Yo no sentía confianza ni ganas de molestar así que lograba atorarla sin cerrar bien. Me senté a hacer pis y de pronto, la puerta se abrió. 

Me ponía nerviosa, pudorosa me cubría sentada como si no hubiésemos compartido todos los cuerpos posibles, todos los besos, todas las pieles, todas las horas, todas las sales de todos los mares de todos los rincones de todos los encuentros, los deseados, los consentidos, los indeseados, los colectivos. Aún así, me tapé. Pedí ayuda, te acercaste, la cerraste. Me morí de vergüenza. Salí, me senté frente a ti. Nos di la despedida que necesitábamos, con una taza de café en mano, sonriendo. Despidiéndonos de ese extraño amor que fue nuestra oficina. Yo sentía paz, tu sonreías una vez más. Llevo semanas sin poder dejar de llorar. Se me va la voz. Sé que no queda nada que pueda salvarse, guardamos en caja los reproches y aún así te quiero como el día que más te quise. No quiero leer tus despedidas, no quiero leer tus cartas del pasado. No quiero revivirte en tus letras a pesar de que siempre deseaste un amor epistolar. No quiero escribirte, me sangran los dedos por los ojos y me llega la sangre por la garganta, hacia el pecho, se aprisiona. Lloro para adentro y de pronto para afuera. No sé olvidar, el recuerdo me ahorca, me aprisiona. No me salva dormir, no me salvan los sueños. Siento que jamás me voy a recuperar de haberte conocido, menos de haberte desconocido y mucho menos de haberte encontrado... ni hablar de haberte perdido. 

Es que en perdernos a mi se me murió todo un mundo, me expulsó un ecosistema, me aborté de una era, salté de la misión galáctica hacia el espacio exterior y quedé varada en un hoyo negro donde solo puedo flotar y girarme. Veo las estrellas, sé que brillan, no puedo volver. Quiero borrarme tu mirada. Quiero borrarme tu tono de voz. Quiero borrarme tu sonrisa. Quiero borrarme tus letras, tu inteligencia, tu idealismo, tu rabia. Quiero borrármelo todo. Quiero borrarme el pasado y también la vida. Quiero borrarme los sueños, las transacciones, las oficinas, las ambiciones. Quiero borrarme.

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