Confiar en la intuición del desprecio
"You sensed that you should be following a different path, a more ambitious one, you felt that you were destined for other things but you had no idea how to achieve them and in your misery you began to hate everything around you." dice un fragmento de Netochka Nezvanova, la novela inconclusa de Dostoievski.
Dicen que el desprecio nace en los intestinos o en el estómago y se manifiesta con una extraña sensación molesta que advierte algo. No sabemos qué pero sí podemos identificarlo activándose cuando alguien está cerca o cuando vamos a algún lugar. Dostoievski aborda la frustración de saber que merecemos algo distinto, algo mejor, en ese desprecio que a veces nos hacen sentir los desagradables, incultos o sosos.
Me pregunto las razones por las que durante años hemos aceptado la presencia social cerca de nosotros, de quienes despreciamos. Esos amigos de los amigos que aceptamos tan sólo porque queremos a nuestra amistad principal. Ahora pienso también en los años que nos tardamos en saber sentir y leer al cuerpo, que inmensamente sabio e intuitivo percibe tal vez en la química inconsciente o en los saberes de supervivencia del cerebro reptiliano, que una persona es sinónimo de problema o desgracia. Será por cómo nos miran, por lo que pretenden de nosotros, por la manera en que caminan o la expectativa que guardan de la vinculación, ya sea por querer tenernos como algo que no queremos o porque simplemente, sus impulsos sexuales son evidentes y nosotras no tenemos el mismo interés.
He leído un montón de consejos de mujeres diciendo a otras mujeres que cuando un hombre manifiesta intereses románticos con nosotras, aunque sea un amigo o amigo de nuestros amigos, debemos evitar al máximo estar cerca de ellos. También lo he visto representado en infinidad de películas como uno de los deseos frustrados más arcaicos, que al no procesar el rechazo, aquellos buscan por la fuerza cumplir sus designios o arruinarnos por la humillación de negarnos a ellos.
Creo que las ancestras vivieron este tipo de cosas mil veces antes que nosotras y su conocimiento nos fue heredado dentro del núcleo cerebral que regula nuestra propia seguridad, por lo tanto, el instinto de supervivencia.
Si es que hay una herencia valiosa de todas las que nos precedieron, aquella contiene en definitiva la sensación de poder odiar el entorno porque aquel entorno resulta miserable a nuestra seguridad o a nuestro desarrollo. Aquello que no se siente que corresponde al tipo de lugares o conversaciones que quisiéramos tener, eso que nos reduce justamente a la miseria, eso que podemos despreciar aunque una parte sociable de nosotros se encuentre aferrada a construir vínculos.
Despreciar a otros seres humanos implica la única otra salida de aceptarnos a nosotros mismos como una compañía válida que incluye el cuidarnos al extremo. De hecho, en la profunda melancolía de Dostoievski se aloja esa contradicción, la ambivalencia dicotómica del que quiere ser amado, compartir y del que sabe mirar que el entorno de ese amor es más que mediocre. Que compartir por compartir inunda de un desprecio especial por mirarse en el sitio equivocado.
Entonces tengo una teoría social gastro-intestinal. Una que dice que si en el estómago se siente rara la presencia de alguien o que después de convivir con alguien se siente malestar e incomodidad, ni siquiera en nombre de la amistad de la amistad, el vínculo se salve. Ni siquiera en donde haya otras personas presentes. Ni siquiera si hay otros momentos en donde la persona despreciada parezca no ser tan mala. Al final, en caso de duda, hay que elegir al oso. Ya saben, que si estamos perdidas en el bosque y en un camino hay un hombre en tanto que en el otro camino, hay un oso, siempre será más seguro elegir al oso.
Una niña se perdió en el bosque, descubierta por un grupo de cazadores pensó que podría sentirse aliviada pero aquellos, lejos de cuidarla o protegerla, decidieron que el bosque era zona neutra sin leyes ni mandatos morales. Comenzaron a violarla con una energía tan frenética y violenta, que un oso intervino para atacarlos. Solo entonces, aquellos hombres retrocedieron, huyeron. El oso protegió a la niña, la cuidó, la arropó y no fue necesaria la lengua ni un mandato obligatorio sobre respetar a una niña, no violarla y no matarla. La niña, más destrozada por dentro que por fuera, se acurrucó en el oso salvándose de una hipotermia, llorando.
Honrar a las ancestras es reconocerlas en nuestro sistema gastrointestinal, sin la mística de la creencia, bajo la estricta ciencia de que las células madre que permanecieron en los vientres de las abuelas desde que gestaron a nuestras madres, comunicaron una codificación incomprensible y cuántica, de tamaño atómico, que prescribe conocimientos básicos de supervivencia y se manifiesta de manera eléctrica en las sensaciones del estómago y los intestinos así como en el fino circuito intestino-cerebro. Estar cerca de alguien que literalmente nos hace sentir ansiedad - estómago, dolor de cabeza - agotamiento o cualquier tipo de malestar es señal suficiente para entender que aquello es desprecio, que esa persona jamás tendría que estar en nuestro entorno. Rechazar a esas personas implica elegir al oso, resistir a la frustración descrita por Dostoievski, elegir la soledad y la melancolía que la acompaña en lugar de someternos a tomar el camino donde hay uno o varios humanos cazadores. Abrazar la certeza de las ancestras, comprender que la mayor inteligencia está inscrita en nuestras células operando en su propia programación eléctrica, codificando siglos de sabiduría, lista para entenderla cuando sabemos escucharla.
El melancólico Fiodor no lo nombró como intuición, pero sentir que debiste seguir un camino diferente lo es. Tampoco le nombró intestino o estómago, posiblemente sea demasiada biologicista mi descripción pero es tan gráfica como sutil porque el idioma de programación del cuerpo es eléctrico, manifestado en equilibrios, balances, desbalances.
Entonces mi rebeldía es irme. No son necesarias las explicaciones porque su inutilidad es manifiesta: ni cambiando el despreciable podría yo cambiar de opinión, Ni enlistando los hábitos del miserable, la rudeza, la grosería, la asquerosidad de los sonidos al sonarse en una mesa, la inmundicia del que acosa, dejará de ser desagradable. Lo que es una mierda, no lo dejará de ser tan sólo porque alguien le nombre mierda como tal. Si es que uno no gusta de la mierda, uno simple y sencillamente, debe retirarse.


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