La primera cana
Desperté acalorada en temporada de lluvias y estaba ahí. Un hilo grueso como el cáñamo, corto pero blanquisco. Nada de un "hilo de plata" o cualquier eufemismo que intente ocultar el proceso oxidativo de una cana. Ese primer día de la primera cana consciente fue devastador porque a pesar de querer militar en la rebeldía que se enorgullece de envejecer, se siente aterrador confrontarse con la realidad de una misma, las arrugas, los surcos, las canas que vendrán con las ojeras cansadas.
Pero luego pasó el tiempo. Decidí dejarlo como un asunto menor, prueba de que el estrés ha dejado estragos en mi estética y que con todo y eso, elijo seguirme sintiendo bella. Hoy pude realmente entender mejor esa cana. Reflexionando sobre el último viaje que hice junto a mis amigas más jóvenes, que son veinteañeras adoptando a una de treinta, recordé que hubo un momento en el que ellas decidieron quedarse a jugar en un casino mientras yo fui a recorrer una plazuela para mirar cosas y hacer algunas compras.
Como es propio de la economía de estudiantes veinteañeras provenientes de países del sur global, su situación económica no es la mejor y hay gustos que no pueden darse, no sin antes exclamar ante cada etiqueta que algo es demasiado caro o que desearían tener más dinero. La razón por la que me salí de aquel cuarto sin relojes repleto de juegos, luces y moneda justamente fue que una de ellas exclamó: "Ganar la lotería es lo peor que le puede pasar a una persona", sugiriendo que el dinero era una maldición. Entendí entonces que al menos en esos países, el compromiso con la pobreza es tan profundo que se manifiesta en expresiones como esa. Dado que no coincido y tampoco quería arruinar su día profetizando sobre la lealtad a la pobreza de esa frase, me fui.
Encontré perfumes de 3 euros con colgantes de tulipanes y gerberas que eran hermosos, olían delicioso, encima de que parecían regalados a ese precio. Me pareció el souvenir perfecto. No dudé en tomar absolutamente todos los del mostrador, sentí que la suerte me acompañaba. Además escogí un matizador en polvo de 4 euros que me hizo la tarde perfecta.
Al volver, mostré a mis acompañantes la maravillosa promoción y el ticket que no pude guardar en mi mochila de viajera, cargada de cosas sin importancia. Una de ellas, distinta a la del compromiso con la pobreza como valor alto de moralidad, miró mi ticket y me dijo en tono escéptico: cuatro euros. Si es que eran de 3 o de 4 igualmente habrían sido una ganga, que lo fueron. Pero ese tonito sugiriendo que miento o que lo que digo no tiene sustento fue lo que me molestó y en definitiva, no tenía ganas de explicar mis compras.
Más tarde, la misma persona hizo algunos comentarios y sentí su juicio cargado de envidia. Eso que viene de las tripas y de lo que no se tiene mayor certeza que las sensaciones corporales. Entonces hoy al trenzarme, antes de salir a caminar, la cana saltó de mi cabeza después de varios días que tenía sin verla. Se miraba fácil de distinguir en mi nuevo peinado y parecía querer decirme algo, como sugiriéndome valorarla como la prueba ferviente de que he adquirido sabiduría. Un recordatorio de que no necesito soportar a nadie, que prudencia es reconocer cuando aún nuestros cuerpos viéndose jóvenes han dejado de encajar con las penurias de los veinte, los rechazos a la riqueza y las expresiones de miseria por la idea de que un perfume pueda costar un euro más. En ese momento ame mi cana. Entendí el mensaje: Soy mi propia tribu en tanto que encuentro a mi tribu, las tribus se forman de las experiencias similares y aún compartiendo otras latitudes, hay diferencias que jamás nos van a permitir intimar con otros. Esas veinteañeras necesitan de otras veinteañeras viviendo sus veintes, sin dinero pero con ganas de aprender. Esta treintañera necesita a otras treintañeras compartiendo cenas con vino, pagando salidas con algo de compras sin sentir que dejaremos de comer por una semana tras la experiencia y en definitiva, sin cuestionar a otras por no entender sus tickets de compra. Otras treintañeras para platicar de la primera cana y no del primer novio.

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